28 de agosto de 2013

Críticas de cine: Leólo, la vida es sueño y la muerte también


El estado en el que te quedas cuando te dan un puñetazo inesperado en la cara: no sabes qué ha pasado, estás bloqueado. Es como ver Leólo.
La muerte de la infancia es uno de los temas más usuales en el arte, porque es un tema universal y esto no es una gran verdad, solo un punto para situarnos y saber cómo se puede enfocar, desde la dulzura extrema hasta de la forma más oscura posible. Luego, está Leólo y cómo conjuga su parte más inocente con la más cruel.
Leólo se une a esas listas de películas que te pueden gustar, pero que no recomendarías a todo el mundo[1]. Reconózcanoslo: a su director se le fue la pinza en varias partes (véase todas las escenas más repulsivas, desde el hígado hasta el gato), pero ese era su deseo, hacer una película provocadora y violenta porque atenta contra nuestros pensamientos y busca darnos un par de golpes sin que lo esperemos y hacernos pensar en cómo fue nuestro paso de la niñez a la adolescencia o la vida adulta. De ahí que algunos comparen al pobre Leólo con el Holden de J.D. Sallinger y esa rabia por perder la infancia.


Leólo es dura y perturbadora al tratar sobre la enfermedad y la oscuridad que envuelve la vida. El pequeño Leólo llega a soñar para buscar una escapatoria de ese mundo negro (y podríamos llegar a desconfiar y pensar que en esta realidad hay más de imaginación que otra cosa). Es la única manera y es ahí cuando la película consigue realmente mayor fuerza, no solo por la poesía con la música o la imagen, sino por escenas como en aquella en la que la madre y el crío visitan en el hospital psiquiátrico al resto de la familia.
La negatividad y lo desagradable rodean cada escena. La esperanza abandonó hace tiempo a ese chaval sin suerte y esa familia desgraciada a la que solo le quedan los sueños y las reflexiones sobre haberlo perdido todo. Es una foto donde toda la familia ha salido mal y sus demonios salen expulsados de sus bocas a través del vómito plagado de tropezones y saliva. Cada momento trágico, cada instante doloroso, es la caída de una chaval que no encuentra algo por lo que vivir y el espectador empieza a pensar en sí mismo y qué haría ante un futuro tan trágico.
Los excesos de Leólo la convierten en un film sombrío, algo largo y desagradable como para aguantarlo, que juega con la fábula de una manera más acertada que otras películas sobrevaloradas (sí, Amélie, te lo digo a ti). Posee una voz en off que da algo de poesía a la propuesta y se realiza una reflexión sobre lo asquerosa que llega a ser la existencia si no encontramos un motivo por el que escapar.
Porque sí, lectores, la vida puede ser un pozo de inmundicia como ese en el que vive Leólo, pero se puede escapar de él y para ello no se necesita solo dejar de soñar.  Es más, soñar es lo que nos recuerda estar vivo.






[1] Conocí la película por un amigo que me comentó que seguramente no me gustaría, así que parece casi una norma eso de verla y pensar que a nadie le gustará, por tanto no cabe duda de que es bastante personal.

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