martes, 16 de julio de 2013

Mad Max. La gente ya no cree en héroes... cree en un loco


Mad Max nos cuenta la historia de un futuro distópico, donde la lucha por la gasolina ha engendrado a unos locos de la carretera y unos agentes de policía que luchan como pueden contra ellos. Hoy, no parece nada muy innovador, pero porque ya ha sido bastante copiado (véase la regulera Doomsday) desde que el director George Miller y su guionista James McCausland encontrasen la fórmula.
Mostrando una economía de recursos (doce semanas de rodaje, 350.000 dólares), pero no obviando la espectacularidad (desde el comienzo, siguiendo al Jinete Nocturno), Mad Max se convierte en una obra con persecuciones trepidantes y una historia de venganza que, aunque típica, nos recuerda el poder de este punto de arranque en el arte.



La película sigue el arquetipo de un western: espacio árido donde un grupo de hombres defiende la frontera del ataque de un grupo de enemigos; aquí unos lunáticos motoristas liderados por Cortauñas (un repulsivo Hugh Keays-Byrne), inspirado en Genghis Khan.
El asesinato de la gente que le importa a Max (un joven Mel Gibson) hará que pierda la cabeza y cruce la línea, dejando atrás la mera justicia y convirtiéndose en alguien tan loco como indica el propio título (o como otros héroes de la ficción, véase Batman). Insisto, si cambiamos un par de conceptos, nos encontramos ante un western que aprovecha el concepto de distopía para remodelar sus bases para un público cansado de las historias de vaqueros, pero no de aquellas de vaqueros que están enmascaradas bajo otro estilo.
La película no pierde el tiempo, sabe la historia que va a contar, pero tras varias escenas inspiradas (como la huida por el bosque), la cinta detona en una venganza llevada en poco tiempo (quizás demasiado). El final es tan atrevido que me atrevo a ponerlo en spoiler. Como conclusión, uno no sabe si, por el bien de ese mundo distópico, lo mejor que le pudo pasar es que Max pierda la cabeza y emplee su “justicia” contra una pandilla de moteros contra los que la ley no ha podido.
Destacar la influencia de Mad Max en el cine (y no solo en el séptimo arte, ya que estamos, también en el cómic. Véase El viejo Logan de Mark Millar y Steve McNiven, que unen a Lobezno  con Mad Max y Sin perdón). No se queda solo en el ámbito de Australia, sino que hoy es complicado no imaginarse un mundo postnuclear (donde no se indaga demasiado, solo es el escenario) sin el aspecto de la cinta. Destacar esos policías de cuero que tampoco se diferencian tanto de los pandilleros, anárquicos y lunáticos. Eso sí, como curiosidad, el único que vestía de cuero real era Mel Gibson que era el protagonista, todo ello debido a que el presupuesto no era demasiado alto.
Mad Max se convirtió por derecho propio en una de las mayores muestras de la distopía en el cine, aunque hoy, que la gasolina parece oro, que hay lunáticos en la carretera y gente que se toma la justicia por su mano, no parece más que una adaptación (algo exagerada, por suerte) de nuestro presente.
Crucemos por tanto la autopista como un jinete nocturno, cargado de gasolina y lloremos ante nuestro final.

SPOILER La crudeza de escenas como la muerte del hijo y su madre, resuelta por un plano del zapato y la pelota del crío, saliendo despedidos, es de gran fuerza. Si fue un plano “artístico” o fruto de la falta de presupuesto para hacer algo “gore”, nunca lo sabremos. Preferimos el resultado que se ve en pantalla.



SPOILER: Uno podría pensar que la venganza contra Cortauñas llevaría más tiempo, pero no es así. Es el penúltimo en ser eliminado, contra todo lo esperado. El último es Johnny the Boy (Tim Burns), el tipo que provocó a Ganso y ha mostrado su locura durante toda la película. Finalmente, suplica que es un enfermo, pero Max toma una medida que fue usada también desde el cómic Watchmen hasta en Saw: una sierra, una cuenta atrás, gasolina. Otra muestra más de la fuerza de Mad Max.

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