martes, 30 de marzo de 2010

Kick-Ass de Mika


Nueva sección: el tema del día.
No voy a empezar a escribir chorradas sobre la actualidad, no os preocupéis, simplemente es una canción que compartir con los que visiten el blog.

domingo, 28 de marzo de 2010

Microrrelato: "Diálogo de besugos"

Imagen de dominio público.
—¡Voy a ignorarte!
—Y para decir que me vas a ignorar, ya, de por sí no me ignoras.
—Ahora sí que voy a ignorarte.
—¿Me ignoras diciéndomelo?
 Y finalmente, fueron pescados y servidos juntos como primer plato en un restaurante. No pudieron ignorarse dentro de la boca que los devoró. Pobres ¿besugos?

sábado, 20 de marzo de 2010

Relato: Sé cuándo voy a morir





 Sé cuándo voy a morir.
(Otro homenaje a Neil Gaiman)


"Long afloat on shipless oceans

I did all my best to smile
‘Til your singing eyes and fingers
Drew me loving to your isle
And you sang:
“Sail to me,
sail to me,
let me unfold you”
Here I am
Here I am
Waiting to hold you
Did I dream you dreamed about me?
Were you hare when I was fox?
Now my foolish boat is leaning
Broken lovelorn on your rocks
For you sing:
“Touch me not,
touch me not,
come back tomorrow”
Oh my heart
Oh my heart shies from the sorrow
I am puzzled as the newborn child
I’m as troubled as the tide
Should I stand amid the breakers?
Or should I lie with death my bride?
Hear me sing:
“Swim to me,
Swim to me,
let me enfold you”
Here I am
Here I am
Waiting to hold you".
Song to the Siren - "Cocteau Twins"
Nunca me ha gustado pensar demasiado en la muerte. Siempre he preferido pensar en otras cosas.

Soy un chaval normal y corriente. Estudio arquitectura, porque me encanta. Desde pequeño me fascinaba la idea de concebir un legado que sobrepasase mi vida. Siempre pensé que me convertiría en un anciano de bastón y pelo blanco al que sus nietos no paran de pedirle pasta, la cual terminan consiguiendo si escuchan la batallita de turno. Cuando muriera tras ser ese tipo de abuelo, la obra que dejaría a mis espaldas me sobreviviría, fascinando a generaciones futuras que me idolotrarían sin haberme conocido. Morir y ser recordado, qué maravilloso.

Esa fascinación me rodeo durante años, fui asimilándola, obligándola a esconderse tras otras ideas. Por ella, me empeñaba en estudiar lo máximo posible. Era la llave para abrir la puerta que me llevase a mis sueños. Suena manido, pero era la verdad.

Las cosas marchaba bien, la fortuna estaba de mi lado. Era el primero de mi clase y eso me había hecho ganar grandes amistades con el profesorado, que me recomendaba a gente del mundillo para que me metiera rápidamente en sus gabinetes, donde estaría a un paso de conseguir hacer realidad mis deseos. Faltaba poco para ello.

Pocas veces, salía de mi habitación, donde me pasaba las horas muertas investigando grandes obras de la arquitectura de todos los tiempos: el sobrecogedor Partenón de Atenas, el celestial Panteón de Agripa, la muñeca rusa llamada Coliseo de Roma, la hermosa y oscura Notre Dame… A menudo, dibujaba y construía maquetas de mis propias obras inspirándome en genios eruditos que mezclaron su sangre con la piedra que forjó su legado, construido en el mismísimo tiempo.

Era una noche de comienzos de primavera cuando decidí construir una pequeña crepidoma para mi proyecto de un teatro como no se había visto, mezclando el neogótico con características propias que realzaría su esplendor. La perfección del cielo nocturno, estrellado.

Entonces, el horror. Me quedé sin pegamento para mi maqueta, no podría terminarla esa noche y la dejaría condenada a la imperfección. ¡Maldita sea! Si no terminaba, esa noche no podría dormir y no podía permitirme aparecer como un zombie por clase al día siguiente. Era muy tarde, pero… ¡Había un “24 horas”! Esperé que vendieran pegamento. Vivo en un mal barrio, hay mucho drogadicto, supongo que sí habrá pegamento. Me puse mi chaqueta y salí a la calle, esperando tener suerte en la medianoche. Entonces, un chasquido y, después, la lluvia cae. Lo que me faltaba…

Corro por las feas y sucias calles amparadas por edificios en ruinas sin estilo, esperando no tropezar, observando mi reflejo en los baches de la carretera donde los coches circulan cortando los charcos. Me da asco este sitio. Espero tener un día suficiente dinero como para marcharme de aquí.



¡Dinero! Es cierto… ¿Tendré para el maldito pegamento? Suele costar tres euros. Me detengo y tengo cuidado de que nadie me vea mientras saco de mi chaqueta la cartera. Miro. Tres euros exactos. Guardo la cartera sonriente. ¡Perfecto!

Sigo mi camino, rápido, esperando llegar a la tienda. Nadie se interpone en mi camino. Cruzaré por el paso de cebra y llegaré, saludaré, preguntaré por el pegamento, mi dirán que lo tienen, preguntaré el precio por educación, pagaré, les daré las gracias y las buenas noches, me marcharé, volveré a casa, terminaré seguiré mi maqueta, me alegraré y dormiré soñando con ella.

Todo marcha bien… pero… ¿qué es eso?



Ha salido de un lado. Se ocultaba junto a cartones, bajo una escalera de incendios de un edificio horripilante, de la época industrial. Se cubre con unos harapos negros y me zarandea con zarpas de acero. Debe ser un vagabundo. Retrocedo, alejándome. La figura se alza lentamente, veo su arrugado rostro sin ojos, sólo cuencas, y tiemblo ante el ciego. De pronto, una de sus garras, cubierta con unos mitones raídos, coge mi mano, impidiendo soltarme… Me mira mi mano lentamente, me sacudo, de pronto consigo librarme de su garra. Es más fuerte de lo que pensaba. Creo que no he conseguido soltarme sino que me ha dejado escapar.

—Mortal, tu obsesión te matará– dijo con una voz y un acento extraños que se iba volviendo cada vez más firme, alzando su dedo índice, esquelético para señalarme aunque no podía verme–. El seis de abril de 2019. Dentro de nueve años.

— ¿Qué?– pregunté extrañado, mirando al terrorífico vejestorio.

—Te he dicho cuándo morirás– habló el ciego, con tono autoritario. Después, acto seguido, señaló a un cártel de cartón que dice: “Te diré cuándo morirás a cambio de la voluntad”, cubierto bajo la escalera de emergencia. Se alumbra bajo la luz de unas velas rojizas, que me recuerdan a las de las entradas de las iglesias. El veterano me mira, pero ¿cómo si no tiene… ojos?–. La voluntad, por favor, para este viejo desgraciado en una noche fría y lluviosa.

Los mendigos suelen inspirarme piedad. No sé por qué, pero eso me pasa. Cuando tengo, les doy dinero o les compro un bocadillo y agua. No soy como esas personas que pasan de largo, que convierten a los vagabundos en criaturas invisibles, excepto en fechas como la Navidad, cuando se quiere ser más bueno por interés, para dormir sus pútridas conciencias… Pero ahora no tengo dinero… para este extraño invidente.

Niego con la cabeza, esperando llegar a la tienda y hacerme con el pegamento.

—Lo… lo siento… pero no tengo– dijo, nervioso, negando con la cabeza, deseoso de llegar a la tienda y volver a casa–. Yo no… Si le veo en otro momento le daré el… Lo siento– digo tartamudeando como un estúpido, ¿por qué debo si quiera contestarles? Le ofrezco mi ayuda, ellos aceptan. Punto, si no lo deseo no pasa nada. Así son las cosas.

Sigo hacia delante, esquivando al ciego. Al fin, veo la vieja tienda. Su cártel de neón brilla sensualmente sobre un escaparate en el que veo diferentes artículos entre ellos… una torre de pegamentos. La suerte me sonríe.

Me dirijo corriendo hacia ellos, esperando no caerme. Ya no pienso en ninguna otra cosa. Cruzo por el paso de cebra. Además, si es cierto lo que el vidente ciego me ha dicho, no moriré hasta dentro de nueve años así que, ¡genial! Tengo suerte…

—Sí, sin duda, volveremos a vernos en algún otro momento– gruñó el ciego, susurrante, amenazador, adornando con sus palabras el golpeteo de la lluvia.

Llegar a la tienda es lo único que me preocupa. Mis labios no retienen una sonrisa. Lo voy a conseguir. ¡Estoy emocionado!

 

Escucho de pronto un sonido estridente que hace desaparecer mis ensoñaciones. Miro hacia un lado, sin saber qué pasa. Tardo unos segundos en deducirlo. Es un chirrido fuerte al que le sigue un golpe tremendo hasta… cesar. Luego, escucho gritos. No sé muy bien lo que está pasando. Sólo sé que he escuchado una especie de frenazo y después un golpe y… Mis ojos ven la luz del escaparate, los encargados saliendo preocupados de la tienda, el pegamento en una perfecta torre esperando ser comprado… esas imágenes se funden en el extraño vagabundo escondiéndose tras unos trozos de madera que me recuerdan a una barcaza, siendo fulminado por la mirada de una chica vestida de negro. Entonces una luz roja, la del paso de peatones, me ciega. Un coche no ha conseguido frenar por la lluvia antes de arrollar a un idiota que cruzaba con el semáforo en rojo.



Oh, mierda… No puede ser.

Yo soy ese idiota, evidentemente.

Soy consciente del dolor. Me sumo en la negrura… pero despertaré. Lo sé. Si sigo vivo es por algo, esta negrura no puede ser la muerte, este dolor no puede ser eterno. De un momento a otro, despertaré en un hospital y espero estar mejor lo antes posible para volver a la facultad. Seguro que el golpe no ha sido tan grave. Además, por ser ingenuamente optimista, viviré hasta dentro de nueve años y antes construiré grandes obras que me darán fama tras la vida. Conseguiré mis sueños. Eso es lo más importante.

La oscuridad es frenética.

Después, el dolor que me iba a destrozar se calma.

Siento que estoy a punto de dormir, pero no llegó a hacerlo.

Pasa el tiempo.

No puedo moverme ni hablar… Ni siquiera llorar.

Es asqueroso, pero, bueno, ya será menos. Despertaré.

Estoy solo en la oscuridad.

Olvido quien soy.

Tengo miedo.

Lentamente, pierdo la esperanza.

Me angustio.

¿Por qué no despierto? ¿Por qué?

Esto debe ser una pesadilla.

Ya no espero nada.

Espera…

¿Esto es un túnel?

¿Eso es luz?

¿Una luz azul?

Se acerca a mí. Me engulle. Vago por ella. No sé qué pasa, pero estoy cansado de estar sumido en este vacío. Hay muchas cosas que me esperan. Debo seguir.

Camino rápidamente, vuelvo a sentirme con vida, lejos de estar aturdido. Tardo en ver de verdad, en caminar de verdad…

De pronto, veo una chica esperándome, sentada, en un banco que flota en medio de un océano de luz azul, jugueteando con un paraguas negro y una chapa con una sonrisa. Es la misma que fulminase con la mirada al anciano que me dijo cuándo moriría. Ella es delgada y alta, aparenta, aparte de ser frágil, tener un par de años menos que yo, aunque viste completamente de negro, como si estuviese de luto. El viento mece su larguísima cabellera oscura, oculta en parte por un sombrero de copa de otro tiempo. Dirige hacia mí su rostro afilado, de rasgos hermosamente normales y piel muy pálida (tanto como para dejar ver unas venas tan azules como la luz que lo rodea). Es curioso como una persona con una cara que refleja tal tristeza es capaz de sonreír, sinceramente, pensé que no podría. Reconozco que lo que me paraliza es su mirada, sus grandes ojos de color azul cristalino, casi blanco.



— ¡Hola!– dice inesperadamente, con una voz clara, feliz, saludándome con una de sus manos–. ¿Qué tal?– y hace una breve pausa–. Llevo un tiempo esperándote, ¿sabes?

— ¿Quién… eres?– pregunto nervioso, temblando. ¿Qué ocurre?

—Evidente– replica alegremente-, ¡soy Muerte!

—¿Qué?– pregunto. Sus palabras enfrían mi cuerpo–. Eh… No… No puede ser… Esto debe ser un sueño…– me niego a creer lo que pasa, debo despertar–. No puedo morir– ella sigue sonriendo, gritó–:¡El anciano dijo que viviría nueve años más!– una excusa patética. ¿Cuál no lo es ante Muerte?–. ¡Sé cuándo voy a morir y no es ahora!

—No es ahora porque ya ha sido. Ese anciano era Caronte. No entiendo por qué, siempre que le dan un día libre, se dedica a ir por ahí de adivino, pidiendo dos monedas a cambio de decirte cuándo morirá. Se ha ganado muchas broncas de los superiores. Tiene millones de monedas, de cada muerto que ha transportado, aunque es un viejo conservador. Le encantaba que a los muertos les pusieran esas monedas en los ojos, pero… En fin, no todos pueden tomarse un día libre cada cien años y pasarlo tan bien como yo.

—Vale, vale…– reconozco, pero no me dejaré vencer–. Pero me dijo: ¡2019!

—Querido, has pasado en coma nueve años. Supongo que no te habrás dado cuenta. Hoy es seis de abril de 2009– dice con una completa tranquilidad.



—Oh, no, maldita sea– es lo único que escupe mi boca. Me echo a llorar como un niño pequeño, me derrumbo ante… Muerte, que se acerca a mí y, sin conocerme, me da un abrazo. Me habla al oído con su voz dulce.

—Hey, pero ¿por qué lloras?– me preguntó de la manera más sincera posible.

—Porque– dije mirando sus claros ojos–, no he hecho nada por lo que ser recordado.

—Si te sirve de consuelo, muchas personas de tu calle recuerdan a un tipo que cruzó corriendo con el semáforo en rojo y fue atropellado, quedando en coma.

—Oh, gracias…– digo sarcástico, llegando a pensar en sonreír entre las lágrimas.

—De nada– responde ella–. Si te sirve de consuelo, también debes saber que allá a donde vas, cada uno crea su mundo. A ti te gusta crear. Allí podrás concebir obras por las que muchos pueden recordarte: edificios sobre nubes infinitas, cielos estrellados que son puentes entre la tierra y vete a saber el qué… Y disfrutarás eternamente de que te recuerden los mortales que lo vean. ¿Qué te parece?– pregunta sonriente.

—Eh…– digo y acepto la verdad. No puedo hacer otra cosa–. No… No está mal…

—Claro que no, vamos allá. No es que me haya cansado de esperar, estoy en muchas partes, tengo todo el tiempo del mundo, pero creo que tú tienes ganas de terminar una crepidoma– me respondió sonriendo de oreja a oreja, cogiéndome de la mano–. No te preocupes. Todo marchará bien… Para siempre.



Nunca me había gustado pensar demasiado en la muerte, pero tras conocerla, he de decir que ha sido una de mis mejores musas a la hora de concebir teatros de niebla, lagos rojizos, bosques azulados y otras cosas que, seguramente, verás en tu mundo y te resultarán hermosas. Muerte lo es, además de sincera.


Lo primero que vi surgir de una noche de primavera, en un mundo teñido de olas de un inmenso azul con espuma de oro y plata, fueron unas nubes verdosas y esponjosas que rompieron en una lluvia de piedra con el sonido de una risa y que construyó una pequeña crepidoma sobre la que, girando venida de la nada, se alzaba un teatro con detalles del neogótico y algunos propios que realzarían su esplendor. Brillaba como el sol, no, mejor, como la perfección de un cielo nocturno y estrellado.

Un esplendor como el mundo no había visto y jamás vería, ¿o quizás no? Tal vez, allá abajo viesen un grupo de nubes y estrellas y lo admirasen. Me sentí orgulloso y feliz, no había hecho más que empezar porque la muerte no es más que el fin de la vida y el comienzo de... otra cosa. El mundo no podía ser tan cruel para no dejar que se disfrutase de algo tan bello. No podía y no lo era.

Tenía tazón.

Todo marcha bien… para siempre.

“Largo tiempo a flote en los océanos sin barcos

Hice lo mejor que pude para sonreír
Hasta que tus ojos y dedos cantantes
Me atrajeron a tus encantadores ojos.
Y tú cantaste:
“Navega hacia mí,
navega hacia mí,
déjame abrazarte”.
Aquí estoy
Aquí estoy esperando para abrazarte.
¿Soñé que soñaste conmigo?
¿Fuiste liebre cuando fui zorro?
Ahora mi ridículo bote se está inclinando
Amor no correspondido destrozado en tus rocas
Cantaste para ti:
“No me toques,
no me toques,
vuelve mañana”
Oh mi corazón
Oh mi corazón se dobla de dolor
Estoy tan desconcertado como un niño recién nacido
Estoy tan agitado como la marea.
¿Debería quedarme entre las grandes olas?
¿O debería yacer con la muerte, mi novia?
Escúchame cantar:
“Nada hacia mí,
nada hacia mí,
déjame abrazarte”
Aquí estoy
Aquí estoy esperando para abrazarte".

jueves, 18 de marzo de 2010

martes, 16 de marzo de 2010

Relato: Filosofar


"Filosofar"

 
"La filosofía es un silencioso diálogo del alma consigo mismo en torno al ser"- Platón.

Hace mucho tiempo, en Grecia, la cuna de la sabiduría y de la razón, según lo que dice mucha gente a la que no voy a contradecir, porque quiero ir al grano. ¿Qué sigue ahora? Ah, sí... Dos filósofos, maestro y aprendiz, en el ágora, filosofando. Dialogan sobre la vida, sabiamente, pero sin dar un palo al agua… Como debe ser:

—Hoy estamos vivos, mañana muertos. Aprovechemos pues el tiempo– dijo el discípulo.
 

—Sabias palabras, viva el carpe diem… Sin embargo, tus palabras encierran otro significado: hoy es hoy y mañana será hoy, y así, si hoy estamos vivos, nunca la muerte nos rozará. ¡Somos inmortales! ¡El mañana de la muerte nunca nos llegará!– respondió el maestro levantándose, contento.

Sin embargo, entonces, las palabras emocionadas del maestro fueron apagados por los rugidos de enfado de una señora que hicieron temblar toda Atenas...

—¡Imbécil!– exclamó la mujer del maestro filósofo apareció muy enfadada–. No te líes con la frase y vete al significado más simple. Estas muerto o vivo, pero nada de buscar la inmortalidad. ¡Espero que si alguien debe ser inmortal no sea un vago como tú! ¡Maldita la hora en que me case con un gandul como tú!

—¿Tú qué dices, discípulo mío? ¿Hacemos caso a la imperfecta mujer que los dioses me dieron como castigo?– le preguntó el mentor al aprendiz mientras la mujer furiosa se acercaba y él, asustado ante aquel demonio que le recordaba a los monstruos míticos, sólo pudo decir:

—Un poquito de razón sí que tiene, maestro... Lo siento.

Y desde aquel momento, el anciano Sócrates y el joven Platón se enfadaron, y, afortunadamente, la mujer cansada del vago de su marido triunfó.

Más tarde, el marido, aburrido, decidió beber la cicuta cuando fue acusado de pervertir a la juventud sí o sí mientras buscaba un nuevo amiguito. Al menos, el Hades lo libraría de su señora esposa.

Mientras, el pesado Platón siempre le pediría disculpas a su mentor en su obra, donde lo convirtió en un personaje, al mismo tiempo que se burlaba de vez en cuando de su nuevo pupilo, un tal Aristóteles...

Bla, bla, bla...

Y luego, aunque no venga a cuento, superNietzsche se burló de todos ellos y fin.

¿Moraleja? Hurm... ¿Qué tu mujer furiosa nunca te pille con un jovencito? Tal vez...

PD: Dedicado a cierta profesora de "Filosofía" que, si lee esto, estará deseando acabar con mi existencia en el mundo de las ideas, el teligible o cualquiera donde me encuentre.

domingo, 14 de marzo de 2010

Relato:

CAMINOS


Oscuridad.
Sueños sangrientos.

Viva la fortuna.

Condenada sea la hipocresía.

El doctor dijo:

-Debe dejar el alcohol y el tabaco, perjudican seriamente a la salud y si sigue con esto, acabará volviendo a este hospital… Pero para que le hagan una autopsia, ¿entendido?

El paciente se quedó mudo.

Esa noche, hubo un accidente de tráfico. Un conductor había bebido más alcohol de lo debido y las rayas tampoco es que le ayudasen demasiado a mantenerlo sobrio. Su deportivo se llevó por delante un monovolumen en el que iba un matrimonio con una niña pequeña y un bebé. Llevaban cinturón, pero… Ninguno de ellos sobrevivió. Tampoco el que provocó el accidente, pero cumplió los augurios. A su alrededor, metal retorcido, dolor y muerte.

Esa madrugada su cuerpo fue ingresado cadáver. Lo auguró, pero mal. No fue su paciente, sino él.

Era el doctor.

Cuando el paciente se enteró de lo ocurrido, pensó seriamente en que la hipocresía perjudicaba seriamente la salud.

No obstante, se enteró desde un lugar lejos de éste. Él, su mujer y sus hijos fallecieron embestidos por el coche de un loco esa madrugada.

Y así los caminos se cruzan y sólo queda la muerte, la tragedia y el drama convertido en pedazos para el olvido.

Condenada sea la hipocresía.

Viva la fortuna.

Sueños sangrientos.

Oscuridad.

sábado, 13 de marzo de 2010

Mi historia de la Historia

Fuente.

“Al esforzarnos por describir el pasado, al enumerar los meros hechos históricos, nos adentramos de lleno en la ficción”- ALAN MOORE, “From Hell”.

La Historia es una historia. La realidad es un diamante de muchas caras que no podemos captar en su conjunto, sino una de sus caras. Es subjetiva, una ficción que cada uno de nosotros creamos y creemos. Por tanto, cuando hacemos Historia, divagamos sobre el pasado, inventamos. Nuestra parte de la realidad es víctima de nosotros mismos.

jueves, 11 de marzo de 2010

Relato: La cita a ciegas a la que nadie puede faltar

La cita a ciegas a la que nadie puede faltar


"Homenaje a Neil Gaiman"

Las chicas, cuando tenemos una cita, nos solemos poner nerviosas (como para no…). Por no saber qué ocurrirá, si el chico o la chica serán de nuestro agrado, si nuestros sueños se romperán en mil pedazos…

La verdad es que en esto de esperar al Príncipe Azul suelo tener mucha experiencia. Si algo he querido en mi vida es enamorarme, pero las cosas no acaban saliendo, ¿por qué? Ni siquiera yo lo sé muy bien. Si no me he enamorado hasta ahora es porque estoy esperando al Príncipe Azul que me convierta en una niñita enamoradiza.

No obstante, no pierdo la esperanza. No soy de ese tipo de personas, eso es para los pesimistas y, si algo soy yo, es optimista. Prefiero sonreír a llorar, prefiero ver lo mejor de este mundo antes que lo peor.



Centrémonos. Estamos a jueves 11 de marzo de 2009. Por aquí el cielo está nublado, gris, lúgubre, seguramente empiece a llover de un momento a otro. No me preocupa, ¡me encanta la lluvia! Veo a gente corriendo a mí alrededor, seguramente para no mojarse. Qué aburridos y mortecinos son….

Estoy junto a un puesto de perritos calientes. La chica del puesto me da uno y acepto (sin cebolla afortunadamente). Tengo tiempo hasta que llegue mi chico. Me lo ha dado gratis, diciendo que le recuerdo a una vieja amiga. Sonrío. Supongo que hacer esa cosa tan nimia (sonreír) les llama la atención. Supongo que deben verme una cara triste o algo así.

Yo no la veo cuando me miró en un estanque del parque donde estoy. Soy delgada sin parecer un esqueleto, y alta, más que algunas chicas e incluso algún que otro chico. Aparento unos dieciséis años, pese a que el tiempo parece haber tocado poco mi piel, que es muy blanca; por cierto, me gustaría ser más morena, pero no lo soy, al menos es gracioso ver mis venas azules en mi piel. Afortunadamente, no se marcan en mi rostro que es afilado y me gusta, porque me da igual lo que el resto piense de él. Sin embargo (y esperando no enfadar a mis pequeñas orejas ocultas bajo mi melena, mi nariz menuda, mi boca de labios blancos, mis cejas que no sé cómo describir, mis escasas mejillas, mi frente cubierta por el flequillo…), lo que más me gusta de mi cara son mis ojos. Son grandes y… raros, al menos por su color. La gente que los ve suelen pensar que son lentillas, lo agradezco aunque también me ofende. Nunca han visto ningunos iguales, yo tampoco… menos cuando me miro al espejo. Son de un azul muy claro, casi cristalino, a menudo parecen blancos. Suelo pintar su contorno de un azul oscuro para ensombrecerlos, pero, qué va, siguen siendo muy pálidos.

Divago sobre mis ojos mientras colocó bien mi pelo. Es muy largo y oscuro. Suele tratarme bien, pero con la brisa me está dando algunos latigazos. Lo colocó de la mejor manera bajo mi sombrero de copa negro. Por cierto, los sombreros de copa son maravillosos, ¡no pueden pasar a la historia! Te hacen muy sofisticada, como las capas. Ah, ¡debo comprarme una capa! Me gustan. Espero que a mi chico también.

Al fin, vuelvo a disfrutar de la brisa. Me hace sentir viva. Muevo mis manos que escapan de los mitones de rayas grises y negras, con las uñas pintadas de negro (me gustan como me han quedado y tenía que decirlo). Quizás al mover mis dedos hago mucho ruido, llevo muchos anillos, lo reconozco, son mi perdición. Por cierto, me falta uno muy bonito, lo compre en Egipto y tiene forma de escorpión, extendiéndose con un pico por el dedo, como si fuera un dedal. No, no sé cómo se llaman a ese tipo de anillos. Sobre Egipto, también llevo una especie de amuleto en mi cuello. Me gusta. Ojalá a mi chico le gusten ese tipo de cosas, hoy en día no hay demasiada gente que le gusten ese tipo de cosas.

La gente tiene frío. Yo también (no iba a ser menos), pero eso me gusta. Me alejo sonriendo por la sensación, dando unos pasos de bailarina, ¡me encanta bailar! Llevo unas zapatillas negras… las pobres están a punto de hacerse pedazos si sigo bailando.

No sé si te lo he dicho, pero me gusta el color negro. Voy vestida con un vaquero negro que me hace una cintura maravillosa. Está lleno de agujeros y cadenas negras que chirrían quejándose de que el viento les meta mano. Llevo sobre ellos una pequeña falda, en tiras, negra, que me encanta, me apetecía llevarla hoy. Ah, también llevo una camisilla negra sin mangas y una vieja chaqueta negra que me da un aspecto francamente misterioso. La gente cuando describe su ropa nunca suele comentarlo, pero yo sí, porque yo soy diferente: mis calcetines son de corazones negros, mis bragas y mi sostén me quedan francamente bien. También son negros. Me gusta ese color, creo que ya os lo he dicho.

Después de meditar sobre cómo soy, esperando caer en el menor egocentrismo posible, aunque ¿cómo puedes evitarlo si hablas de ti misma?, me siento en un banco y le espero. Sí, mi chico. No me he olvidado de él, sólo quería centrarme en otras cosas para no morirme de un infarto.

Me pongo nerviosa, no puedo evitarlo. Espero que el perrito caliente no destroce mi estómago, ahora revuelto ante la idea de esperar al chico. La hora se acerca, falta sólo un minuto para las doce de la mañana.

Empiezo a imaginarme cómo será. Seguramente es simpático y misterioso, optimista, aunque suele dejarse llevar por el pesimismo cuando los pesimistas le rodean. Seguro que es de esos chicos raros que les gusta el Rock&Roll, tratan muy bien a las chicas y llevan un monopatín debajo del brazo, mientras la gente los mira raro por cómo visten. Le miran tan raro como a mí. Le encanta vivir y, por qué no, es muy guapo.

Sonrío. ¿Cómo demonios te puedes enamorar de alguien que no conoces?

Son las doce… Oh, ¡las doce! ¡Por fin!

Ha llegado la hora. ¡Al fin!

Me siento más nerviosa aún, pero, bueno, es lo normal, aunque todas las personas con las que quedo suelen ser muy puntuales. Tengo esa suerte con mis citas, aunque no sé si para bien o para mal, son a ciegas. Todas.

De pronto, desvío mi mirada al horizonte y le veo acercase. He mirado a su alrededor. Llega justamente cuando varias personas corren. No era para protegerse de la lluvia sino para observar un espectáculo grotesco y sanguinario, de esos que no suelen gustarme, al pie de un rascacielos. La lluvia cae, pero su atención es mayor. Las ambulancias tardaran en venir y seguramente, sólo para certificar una muerte.



Sin embargo, yo sólo veo a mi chico. Se acerca lentamente, algo desconcertado. Debo brillar ante él con una luz negra. Sonrío, espero que siga hasta mí. Siempre lo hacen. ¿Por qué me da por dudar cosas tan evidentes?

Él es alto y delgado. Es joven, tiene menos de veinte años seguro. Su pelo es a lo Luke Skywalker, pero quizás algo más despeinado y de tono castaño. Viste con colores oscuros. Parece perdido, sus ojos se hunden en las ojeras. Está triste. Lo siento tantísimo por él. Debo decirle algo.

—¡Hola! ¿Qué tal? Espero que bien. Llevo esperándote toda la mañana aquí, pensaba que ya no ibas a venir, pese a que has sido muy puntual.

>>Venga, sonríe un poco. Ven, tengo que llevarte a un sitio. Alégrate, no toda la gente que se tira de un rascacielos queda tan bien como ha quedado tu cadáver. Lo sé. Hazme caso, tengo experiencia en esto.—¿Quién… quién eres?–pregunta él muy nervioso.

—Está claro. Soy Muerte.


E inmediatamente recuerdo que las relaciones entre los fantasmas y yo no suelen acabar muy bien. Habrá que seguir esperando y nunca olvidar la sonrisa, hay muchas sonrisas por delante. Sin embargo, todo esto es como empezar de nuevo, no hay por qué estar triste.

¿Por qué entristecerse cuando se tiene todo el tiempo del mundo para enamorarse?

Como la muerte, sólo es cuestión de tiempo.

Me marcho con mi nuevo amigo. Mi canción favorita llega a mi mente y recuerdo una frase de Shakespeare:

La muerte es nuestro fin común, y por lo tanto no hay necesidad de buscarla.
Me cae bien ese inglés.

martes, 9 de marzo de 2010

Microrrelato: Verdad y mentira, perseguir y huir

8/03/2010
Corro lo más rápido posible hasta sentirme incapaz de respirar, el sudor cae, quemando mis ojos, mis huesos se entumecen, mis piernas se cansan y la asfixia presiona mi cuello. No importa lo que soy, sino lo que hago: huir y ser perseguido. 

Delante de mí, la Verdad, la cual nunca alcanzo. Detrás, la mentira, que siempre termina golpeándome. Hasta dudo que esta persecución o mis meros pensamientos sean verdad. 

Mentira o Verdad, haga lo que haga no importa, porque sólo queda el dolor.

domingo, 7 de marzo de 2010

Microrrelato 5: Sin ideas

06/03/2010

Imagen de dominio público.
No se me ocurre nada que escribir hoy, excepto que “no se me ocurre nada que escribir hoy, excepto que “no se me ocurre nada que escribir hoy, excepto que “no se me ocurre nada que escribir hoy, excepto que” (…).

Nota del autor: Y se prolonga así hasta el infinito, demostrando que los mortales también podemos crear un legado infinito. Así se logra la inmortalidad, gracias a a la diabólica simetría.



sábado, 6 de marzo de 2010

Microrrelato: Fantasía

Imagen de dominio público.
05/03/2010

Y el bravucón duende, después de tomarse un hidromiel y jugar con su trébol de cuatro hojas, el ser pelirrojo como la sangre de los enanos y vestido de verde como los árboles de los elfos, montado en un pequeño unicornio blanco, cabalgando sobre un arcoíris bañado por la luz de los dos soles que despuntaban sobre los reinos de las nubes, dijo:

—La fantasía y los sueños no existen.

Después, el duende irlandés se deshizo con la luz de oro de la maravillosa mañana.




viernes, 5 de marzo de 2010

Microrrelato 3: No sé cómo terminar

05/03/2010
Microrrelato 3
Imagen de dominio público.
Es como darse por vencido antes de empezar una batalla. Siempre empiezo las cosas, pero nunca sé cómo terminarlas. Así que intentaré continuar con esto, pero al fi…

jueves, 4 de marzo de 2010

Microrrelato 2: Colorín, colorado...

03/03/2010
Imagen de dominio público.
Había una vez, un ser humano y un aburrido, un interesante, un feo, un guapo, un alegre, un triste, un optimista, un pesimista, un simpático, un antipático, un distraído, un atento, un espabilado, un atolondrado, un tímido, un atrevido, un malvado, un bondadoso, un idiota, un inteligente, un parlanchín, un callado, un cazurro, un sofisticado, un valiente, un cobarde, un sereno, un chiflado, un amable, un ordenado, un desordenado, un realista, un soñador, un aburrido, un divertido, un generoso, un egoísta, un normal, un extravagante, un humilde, un fanfarrón, un traidor, un leal, un grosero, un educado, un rebelde, un conformista…

Perdón, he contado mal. Siempre he sido de letras. Sólo había un ser humano... que era un contenedor de sentimientos, cosas que deseaban amarse o matarse entre sí. Cosas.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Microrrelato 1: Acabar con tu peor enemigo

02/03/2010
Imagen de dominio público.

Dicen:
—Si quieres ser feliz tienes que acabar con tu peor enemigo.
Les respondo:
—Sí, más de una vez he pensado en el suicidio.

martes, 2 de marzo de 2010

Relato: Abrir los ojos



01-03-2010
Abrí mis pequeños ojos claros. Pasé mi pañuelo por mi cabeza calva para detener el sudor. No quiero pensar demasiado en cómo soy, me lo preguntaron y siempre respondo: “Un tipo normal”, porque es lo que soy: alguien corriente, al que sueles ver por ahí. Evité pensar en ello cuando vi a alguien que esperaba que le hablase. Recordé lo que debía hacer y comencé a hablar. Estaba nervioso, cansado y asustado. Hablar era mi única esperanza de remediarlo:

—Doctor, no sé… lo que me pasa– susurró tembloroso–. Ayúdeme, dicen que es un buen psiquiatra. Yo… no… puedo dormir. Tengo horribles pesadillas, siempre. Temo dormir. No sé por qué me pasa esto. Soy normal: tengo una hermosa mujer que me quiere, dos hijos que serían la envidia de cualquier padre y un perro que me saluda feliz cada día, cuando llego de un trabajo, que, por cierto, me encanta… Sin embargo, desde hace un año, tengo pesadillas: sueño que mato a mi mujer y a… mis hijos… y el perro ladra, asustado, antes de escapar. Me despierto sintiendo mis manos manchadas de sangre y, después, la oscuridad. Tengo miedo– repito y empiezo a llorar irremediablemente–. ¿Qué puedo hacer, doctor? ¿Por qué? ¿Por qué me pasa esto? Sé que usted puede darme una respuesta, doctor, ¡una cura!

—Primero, tranquilícese. Segundo, la respuesta es evidente. Si esto fuera un cuento, ya el lector se imaginaría el final: niegas la realidad. Lo que crees real: esta habitación, ese diván, mi simple existencia… Es ficción y lo que crees ficción: asesinaste salvajemente a tu mujer y tus hijos que siempre te odiaron y el perro alertó a los vecinos, deteniéndote… Eso es realidad. Esto es el sueño, tu vida la pesadilla. Quieres dormir para soñar que la realidad es un sueño. Qué filosófico. Es hora de que despiertes.

Grité y, así, desperté… Abrí los ojos y temblé llorando. Estaba sentado en una silla metálica, mis manos no escapaban de las cuerdas del reposabrazos. Negaba la realidad, pero ya nunca más. Mi rostro se humedecía con el agua que caía de la esponja húmeda de mi cabeza. Vi miradas culpables, un sacerdote retirándose y un verdugo accionando la palanca. Todos con las caras del falso psiquiatra que creía auténtico. Después, dolor. Más tarde, muerte y nada más. Simples recuerdos que tengo ahora, antes de morir, y que nadie conocerá. ¿O quizás sí?

Sonreí. No es que me hiciera gracia la silla eléctrica. No porque estuviera loco, que también, sino porque, afortunadamente, no volvería vivir o soñar la ficción o la realidad, a abrir los ojos, para bien o para mal, nunca más.

Nunca más.
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